08 diciembre 2011

2da PARTE: MASONERIA: LOS SIMBOLOS Y LA CIENCIA SIMBOLICA

LOS SIMBOLOS, LA CIENCIA SIMBOLICA Y LA MASONERIA


Debemos aclarar que aquí se va a hablar de la Masonería tradicional, es decir, de aquélla que mantiene vivos y permanentes, a través de los símbolos, los ritos y los mitos los lazos con las realidades cosmogónicas y metafísicas emanadas de la Gran Tradición Primordial, de la que la Masonería es (en verdad) una ramificación. A nuestro entender, y considerada de esta manera, la Masonería, al igual que cualquier otra organización tradicional, ofrece al hombre caído e ignorante los elementos necesarios para llevar a cabo su propia regeneración y evolución espiritual. 
La estructura simbólica y ritual de la Masonería reconoce numerosas herencias procedentes de las diversas tradiciones que se han ido sucediendo en Occidente durante al menos los últimos dos mil años. Y este hecho, lejos de aparecer como un mero sincretismo, revela en esta Tradición una vitalidad y una capacidad de síntesis y de adaptación doctrinal que le ha valido el nombre de "arca tradicional de los símbolos".
 
Si nos paramos a pensar detenidamente en nuestra actividad diaria, vemos que la presencia de los símbolos es muy abundante

Podemos destacar de lo anteriormente expuesto que el símbolo ejerce un poder ordenador de la vida, sin el cual estaríamos inmersos en el caos. Y que, en la medida en que el hombre ha ido incrementando la complejidad de su cultura, se ha visto impelido a ordenar sus nuevas construcciones culturales con más códigos simbólicos.
La Ciencia Simbólica nos enseña que todos los seres de la creación son el cuerpo, la manifestación de una realidad oculta en ellos mismos, imperceptible por nuestros sentidos, y que pertenece a un orden superior.
Y en esta inmensa sinfonía, el Hombre aparece en el centro de la creación, reflejo directo del Creador; microcosmos, capaz de repetir el gesto creacional a través de sus manifestaciones culturales: el lenguaje, las letras y las palabras; los números; las artes en todas sus formas: pintura, escultura, arquitectura, música, danza, atuendos, ornamentos, tejidos; los oficios, las construcciones, los juegos, simbolizan ideas arquetípicas, que adquieren un carácter universal, como demuestra el hecho de que se hayan repetido en diferentes lugares y épocas.
Podemos decir que el símbolo es el cuerpo de una idea ordenadora. En la mente del Creador se diseñó la manifestación como un ingenio completo y armónico, que diera forma a las indefinidas posibilidades de expresión de sus propios atributos. Lo que vemos, y también lo que no vemos, pero está manifestado, es el cuerpo de esa idea creadora y cada una de las criaturas constituye la exteriorización de esas leyes, de esa intención ordenadora y expresiva.
Los símbolos, en primer lugar son percibidos por nuestros sentidos. A partir de ahí, tenemos la posibilidad de penetrar a través de esa apariencia y recorrer el camino que nos llevará hasta planos más sutiles, más allá del espacio, del tiempo y del movimiento incesante de este plano donde nada perdura. Es decir, el símbolo puede conducirnos desde el mundo material hasta el espiritual. Es, pues, un vehículo de ida y vuelta, mediante el cual las energías sutiles descienden y nosotros podemos ascender, constituyendo el único medio conocido de realizar este viaje en el que el espíritu se materializa y la materia se espiritualiza.
La capacidad de diseñar y utilizar símbolos le ha sido dada al hombre desde el comienzo de los tiempos, o, dicho de otra forma, la naturaleza del hombre es sensible al influjo de los símbolos y él mismo es capaz de elaborarlos.
Los símbolos tienen la facultad de responder a nuestras preguntas, de abrirnos las puertas al conocimiento de la realidad que se oculta en el interior de nosotros mismos y de todo lo creado, realidad más REAL que aquella que perciben nuestros sentidos, que es anterior y es la causa del universo, como nuestra idea de un proyecto es anterior y es la causa de su realización.
El universo entero es un solo símbolo que debemos aprender a conocer primero en sus partes, de la misma forma que debemos leer cada una de las palabras de un libro para comprender la obra completa. En la lectura que podemos hacer de los símbolos vamos reconociendo poco a poco la Unidad inalterable e inmóvil que subyace a toda la manifestación. En el origen de los tiempos el hombre primordial sabía leer directamente estos símbolos en la naturaleza y en él mismo y poseía un conocimiento directo del Ser. En la actualidad el hombre necesita ser enseñado a distinguir estos símbolos sagrados de los símbolos comunes elaborados por nuestra sociedad y posteriormente a acercarse a ellos, a conducirse con ellos y a través de ellos poder acceder al Conocimiento. Este es el sentido y la razón de ser de la Tradición, tronco común del que brotan Tradiciones como la Hermética, la cual se concreta actualmente en nuestra Orden, la Masonería Universal, la que conserva no sólo el saber de la Ciencia Simbólica, sino la capacidad operativa de transformar a un hombre común, profano, en un hombre iniciado, regenerado en su seno, nacido de nuevo mediante la influencia de la Iniciación, quien podrá, con su trabajo, firme propósito y actitud receptiva CONOCER a través de los símbolos al SI MISMO, o, lo que es lo mismo, reintegrarse, desde este mundo plural, disperso y cambiante, en la unidad inmutable del SER.
La Masonería se expresa en un cuerpo simbólico constructivo que se concreta en símbolos visuales, sonoros y gestuales, a la vez que historias ejemplares, mitos, a través de los cuales podemos comprender la Cosmogonía y responder a las preguntas: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy? Los símbolos actúan así como puente que permite y facilita el desarrollo de las cualidades superiores del ser humano, aquellas que le otorgan realmente la realización de sus potencialidades, la mayor parte de ellas ni siquiera esbozadas en el hombre común que sólo ha recibido la educación ordinaria de su entorno cultural.
Siendo la construcción misma un símbolo de la Obra del Creador, ningún símbolo le es ajeno a la Masonería, la cual, a través de sus grados, va penetrando en el conocimiento hasta que el masón es capaz de reconocerse a sí mismo como símbolo del ABSOLUTO y fundirse con Él, meta última de la Tradición.
Debemos aclarar que aquí se va a hablar de la Masonería tradicional, es decir, de aquélla que mantiene vivos y permanentes, a través de los símbolos, los ritos y los mitos los lazos con las realidades cosmogónicas y metafísicas emanadas de la Gran Tradición Primordial, de la que la Masonería es (en verdad) una ramificación. A nuestro entender, y considerada de esta manera, la Masonería, al igual que cualquier otra organización tradicional, ofrece al hombre caído e ignorante los elementos necesarios para llevar a cabo su propia regeneración y evolución espiritual. 

La estructura simbólica y ritual de la Masonería reconoce numerosas herencias procedentes de las diversas tradiciones que se han ido sucediendo en Occidente durante al menos los últimos dos mil años. Y este hecho, lejos de aparecer como un mero sincretismo, revela en esta Tradición una vitalidad y una capacidad de síntesis y de adaptación doctrinal que le ha valido el nombre de "arca tradicional de los símbolos".

Del Hermetismo la Masonería recoge, en parte, la riqueza de la simbólica alquímica, que incluye las enseñanzas y vivencias de los procesos de transmutación psicológica que llevan del estado profano a la realización espiritual El simbolismo de los elementos, relacionados con las energías purificadoras de la naturaleza, es de suma importancia en el rito de la iniciación masónica. En este sentido, la "Cámara de Reflexión" masónica viene a ser lo mismo, y cumple idéntica función simbólica que el athanor hermético: un espacio cerrado e íntimo donde se producen los cambios de estados regenerativos ejemplificados por la gradual "sutilización" de la materia densa y caótica del compost alquímico. Igualmente, los diversos objetos simbólicos que se encuentran en la "Cámara de Reflexión" son casi todos de origen alquímico y hermético, como por ejemplo las tres copas conteniendo azufre, mercurio y sal, sin olvidar las siglas V.I.T.R.I.O.L., y la banderola con las palabras "Vigilancia y Perseverancia", las cuales aluden al estado de vigilia permanente y paciencia de que debe armarse el alquimista en sus operaciones. Por otro lado, existen interesantísimas analogías entre el proceso de transmutación de la "materia caótica" alquímica y el desbastado de la "piedra bruta" en la Masonería, por lo que puede hacerse una trasposición totalmente coherente entre el simbolismo alquímico y el simbolismo constructivo y arquitectónico. Asimismo, la iniciación hermético-alquímica está presente por igual en los tres grados masónicos de aprendiz, compañero y maestro, que reproducen las tres etapas de la "Gran Obra", las que incluyen una muerte, un renacimiento y una resurrección, respectivamente. En fin, las leyes herméticas de las correspondencias y analogías entre el macro y el microcosmos están resumidas y sintetizadas en el esquema general del templo o Logia masónica, verdadera imagen simbólica del mundo. 


Si la Tradición hermética ha dejado la impronta de su huella en la Masonería, la del Pitagorismo no es desde luego menos importante, y hasta podríamos decir que es, junto al judeo-cristianismo, una de las más significativas, hasta el punto que no es posible comprender lo que es la Masonería sin esa referencia pitagórica. En efecto, numerosos símbolos masónicos denotan su procedencia pitagórica, o en todo caso muestran una identidad palpable con algunos de los símbolos más importantes de la cofradía fundada por el maestro de Samos. Tal es, por ejemplo, la conocida "estrella pentagramática" o pentalfa, de suma importancia en la simbólica del grado de compañero (donde recibe el nombre de "estrella flameante"), y que los pitagóricos consideraban como su signo de reconocimiento y un emblema del hombre plenamente regenerado. 

Pero es en la aritmética sagrada, es decir en la simbólica de los números en su vertiente cosmogónica y metafísica, donde se observa más claramente esa presencia del pitagorismo en la Masonería. Ambas tradiciones ponen el acento en el sentido cualitativo de los números, por lo demás estrechamente vinculado al simbolismo geométrico, el que a su vez está directamente relacionado con la construcción del templo exterior y del templo interior. En este sentido, debe señalarse que en el frontón de la Academia de Atenas.

Platón hizo grabar una inscripción que rezaba: "Que nadie entre aquí si no es geómetra", sentencia que unánimemente se atribuye a los pitagóricos, y que podría estar grabada perfectamente en el pórtico de entrada a la Logia masónica. Asimismo la Unidad o Mónada divina estaba simbolizada entre los pitagóricos por Apolo, el dios geómetra primordial que mediante la "ley invariable del número", que extrae de los acordes musicales de su lira, establece el modelo o prototipo por el que se rige la armonía de la vida universal. ¿Y no es, en el fondo, el Gran Arquitecto masónico, que con la escuadra y el compás determina la estructura y los límites del cielo y de la tierra, lo mismo que el Apolo pitagórico? 
En lo que se refiere al Cristianismo, es indudable que de él proceden numerosos e importantes elementos doctrinales integrados en la simbólica y el ritual masónicos. Desde luego esta integración se vio favorecida por la convivencia que durante prácticamente todo el Medioevo mantuvieron los gremios de constructores con las órdenes monásticas y de caballería, especialmente los templarios. Sólo un dato, por lo demás sumamente significativo: los santos patrones y protectores de la Masonería son los dos San Juan, el Bautista y el Evangelista, y como ya se ha dicho la Logia es denominada "Logia de San Juan". 
A la presencia hermética, pitagórica y cristiana, habría que añadir la de la tradición judía, surgida del tronco de Abraham al igual que el Cristianismo y el Islam. La tradición hebrea ha transmitido a la Masonería fundamentalmente los misterios relativos a las "palabras de paso" y a las "palabras sagradas", todas ellas procedentes del Antiguo Testamento, si bien es verdad que también se encuentran palabras y nombres sagrados de origen cristiano, concretamente en los que se denominan los "altos grados" masónicos. En cierto modo, en la Masonería confluyen la Antigua Alianza y la Nueva Alianza, lo que conforma el judeo-cristianismo, el cual se constituyó en una sola tradición durante los periodos más florecientes de la Edad Media. No es ninguna exageración afirmar que esa constitución fue posible gracias a la propia Sea como fuere, el legado de la cosmología greco-romana unida a la espiritualidad cristiana, dio como resultado la creación de la catedral gótica, edificada por los gremios de constructores. Una catedral, o un monasterio, es un compendio de sabiduría; en ella, grabada en la piedra, se plasman todas las ciencias y todas las artes, así como los diferentes episodios bíblicos que conforman la historia de la tradición judeo-cristiana. Allí aparecen los diversos reinos de la naturaleza, el mineral, el vegetal, el animal y el humano, lo mismo que las jerarquías angélicas que circundan el trono donde mora la deidad. Todo ello convierte la catedral en un libro de imágenes y símbolos herméticos reveladores de la estructura sutil y espiritual del cosmos.

Esas columnas que se elevan verticalmente hacia otro espacio, uniendo la parte inferior (la tierra) a la superior (el cielo), esos arcos y bóvedas que semejan cristalizaciones de los movimientos circulares generados por los astros, esa luz solar que al penetrar a través del colorido polícromo de los vitrales se transforma en un fuego sutil que todo lo inunda; todo ello, decimos, nos permite reconocer la existencia de un espacio y un tiempo sagrados y significativos. Este conjunto de equilibrios, módulos y formas armoniosas (que por reflejar la Belleza de la inteligencia divina se constituye en "resplandor de lo verdadero", como diría Platón) se genera a partir de una Masonería operativa, que en este sentido desempeñó una auténtica labor de "puente", y muy especialmente en lo que se refiere al ámbito de la construcción y la arquitectura. 

Como más adelante tendremos ocasión de señalar, las palabras de paso y las palabras sagradas se relacionan con la búsqueda de la "Palabra perdida", búsqueda que concentra en gran parte el trabajo de investigación simbólica del masón. Igualmente la concepción simbólica de la Logia -como el templo cristiano-, está basada en el diseño geométrico del templo de Jerusalén (o de Salomón), y el arquitecto que dirigió las obras de dicho templo, el maestro Hiram, pasa por ser uno de los míticos y legendarios fundadores de la Masonería.


Sea como fuere, el legado de la cosmología greco-romana unida a la espiritualidad cristiana, dio como resultado la creación de la catedral gótica, edificada por los gremios de constructores. Una catedral, o un monasterio, es un compendio de sabiduría; en ella, grabada en la piedra, se plasman todas las ciencias y todas las artes, así como los diferentes episodios bíblicos que conforman la historia de la tradición judeo-cristiana. Allí aparecen los diversos reinos de la naturaleza, el mineral, el vegetal, el animal y el humano, lo mismo que las jerarquías angélicas que circundan el trono donde mora la deidad. Todo ello convierte la catedral en un libro de imágenes y símbolos herméticos reveladores de la estructura sutil y espiritual del cosmos. Esas columnas que se elevan verticalmente hacia otro espacio, uniendo la parte inferior (la tierra) a la superior (el cielo), esos arcos y bóvedas que semejan cristalizaciones de los movimientos circulares generados por los astros, esa luz solar que al penetrar a través del colorido polícromo de los vitrales se transforma en un fuego sutil que todo lo inunda; todo ello, decimos, nos permite reconocer la existencia de un espacio y un tiempo sagrados y significativos.

Este conjunto de equilibrios, módulos y formas armoniosas (que por reflejar la Belleza de la inteligencia divina se constituye en "resplandor de lo verdadero", como diría Platón) se genera a partir de un   punto central, que a su vez es el "trazo" de un eje vertical invisible, pero cuya presencia es omnipresente en todo el templo. Este punto central no es otro que el "nudo vital" que cohesiona el edificio entero, y donde confluye y se expande, como si de una respiración se tratara, toda la estructura del mismo. Dicho "nudo vital" era bien conocido por los maestros de obra, que veían su reflejo en el ombligo, sede simbólica del "centro vital" del templo-cuerpo humano. Esa estructura del cosmos-catedral, imperceptible a los sentidos ordinarios, se percibe no obstante, gracias a la intuición intelectual y a las formas visibles del cielo y la tierra, que están simbolizadas por la bóveda y la base cuadrangular o rectangular, respectivamente. De ahí que la Masonería conciba el cosmos como una obra arquitectónica, y la divinidad, como el Gran Arquitecto del Universo, también llamado Espíritu de la Construcción Universal en otras tradiciones. 

Cerca de las catedrales en construcción se encontraban los talleres o logias, en los que se trazaban y diseñaban los planos, se repartían los cargos, se hablaba de los detalles de la obra, y en definitiva se celebraban los ritos y ceremonias de iniciación. Estos talleres eran auténticos centros de enseñanza tradicional donde, además de las técnicas del oficio, se impartían los conocimientos cosmogónicos. Realmente en los talleres masónicos se conjugaban el arte y la ciencia, la práctica y la teoría, siguiendo así el famoso adagio escolástico según el cual la "ciencia sin el arte no es nada". 

Cada Logia o taller estaba bajo la autoridad de un maestro arquitecto, que tenía a sus órdenes los oficiales compañeros (divididos en subgrados y funciones), que a su vez vigilaban y dirigían los trabajos de los aprendices. Esta estructura ternaria y jerarquizada de aprendiz, compañero y maestro se encuentra con los mismos o diferentes nombres unánimemente repartida en todas las organizaciones iniciáticas y esotéricas, pues dicha jerarquía expresa un modelo del proceso iniciático íntegro, que reproduce exactamente el desarrollo cosmogónico de las "tinieblas a la luz", del "caos al orden". 

Junto a los masones operativos encontramos a los sabios alquimistas y astrólogos, perfectos conocedores de las ciencias de la naturaleza aplicadas como símbolos vivos del proceso iniciático y regenerador. Ellos dotaron la catedral de numerosos símbolos basados en las correspondencias y analogías entre el macro y el microcosmos, el cielo y la tierra, la divinidad y el hombre, considerándose los legítimos herederos de la ciencia sagrada de Hermes Trismegisto. Esa confraternidad entre alquimistas y masones debía perdurar aún hasta bien entrado el siglo XVIII. 
Los caballeros templarios, esos monjes guerreros que eran también constructores y cuyas reglas fueron inspiradas por San Bernardo, mantenían bajo su protección numerosas logias masónicas.
Un hilo sutil y luminoso une el mundo superior al inferior, y el inferior al superior, y el mantenimiento de esa comunicación es una de las principales funciones que siempre han tenido las organizaciones tradicionales e iniciáticas.
Esencialmente los templarios transmitieron a la Masonería la idea de la edificación del templo espiritual "que no es hecho por manos de hombre" según el mensaje evangélico. Dicha idea quedó plasmada con la creación de ciertos altos grados, complementarios a la maestría, de procedencia tempIaria. Uno de los más notables, por su riqueza simbólica, es el grado de Royal Arch del Rito Inglés de Emulación. 

Durante el Renacimiento la misma ausencia de documentos escritos encontramos en las relaciones que mantuvo el hermetismo cristiano y alquímico con la Masonería. Gracias a la recuperación de la filosofía platónica impulsada en Italia por Marsilio Ficino y Pico de la Mirándola, en esa época se asiste a un nuevo resurgimiento de la tradición y del saber hermético, en el que hay que incluir la Magia Natural y la Cábala cristiana. 

 
Llegamos así a la primera mitad del siglo XVII, donde asistimos al surgimiento del movimiento hermético-cristiano que se ha dado en llamar el "iluminismo rosacruz". Este movimiento, que concedía una importancia especial a la invocación de los nombres divinos hebreos y cristianos, así como a las analogías y correspondencias entre los tres mundos o planos de la manifestación universal, corporal, anímico y espiritual, debía ser decisivo para la gestación de la Masonería especulativa. Los rosacrucianos, entre los que se encontraban auténticos hombres de conocimiento de la talla de Robert Fludd, Michel Maier y Juan Valentín Andreae (autor de Las Bodas Químicas de Christian Rosenkreutz), eran, por así decir, el brazo exterior y visible de la enigmática "Orden de la Rosa-Cruz", de la que tomaron el nombre. Esta sociedad hermética estaba compuesta por doce miembros (número primordial) que permanecieron siempre en el más completo anonimato, justificado por las condiciones, cada más vez más adversas, provocadas por el poder ejercido de forma autoritaria por la mayor parte de la nobleza y del dogmatismo inquisitorial. Este "Colegio Invisible de la Rosa-Cruz", como igualmente se le denominaba, heredó gracias a organizaciones filo-templarias como la Fede Santa a la que perteneció Dante, lo esencial de la simbólica del Temple. 

Al finalizar la guerra de los Treinta Años, y durante ella, muchos rosacrucianos abandonaron el continente instalándose en Inglaterra y Escocia, siguiendo el camino que tres siglos antes emprendieron los templarios, y buscando, como éstos, refugio en las logias de los "hermanos franc-masones". Ni qué decir que estas relaciones tuvieron sus consecuencias en el simbolismo y rituales masónicos, sobre todo en algunos símbolos y ritos donde se ve claramente la  inspiración hermética y rosacruz.

El simbolismo arquitectónico ligado a los misterios de la cosmogonía seguiría vigente, pues constituye la seña de identidad de la tradición masónica; pero a partir de entonces ese simbolismo ya sólo se aplicaría en la edificación del templo interior. Es decir, que había casi desaparecido la "forma", pero no el espíritu, el núcleo, la esencia. 
Es cierto, por otro lado, que la admisión indiscriminada de personas que no tenían, ni les interesaban, los más mínimos conocimientos sobre qué era verdaderamente el simbolismo y la iniciación, fue creando paralelamente las condiciones que conllevaron a la gestación de una Masonería privada de su dimensión espiritual, que es ciertamente la que conocen la gran mayoría de nuestros contemporáneos. Todo y así, durante el siglo XVIII y principios del XIX, todas aquellas influencias tradicionales que se recibieron durante años fueron realmente decisivas para la estructuración definitiva de los "sistemas" o Ritos más importantes de la Masonería especulativa, y entre los que destacan por su carácter tradicional, el Rito Escocés Antiguo y Aceptado, el Rito Escocés Rectificado y el Rito de Emulación. 

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