12 agosto 2012

LOS PRIMEROS HUMANOS, ADAN Y EVA Y EL ARBOL DE LA VIDA

Hace 35.000 años que terminó la gran época glacial, que tuvo una duración de más de dos millones de años.

Hacía varios millones de años que los lémures del tipo norteamericano habían emigrado hacia las regiones montañosas en vías de elevarse de la península índica. En estas tierras situadas al oeste de la India se unieron con otras cepas favorables, y establecieron así la ascendencia de la raza humana.

Hace casi un millón de años, los antepasados inmediatos del género humano hicieron su aparición mediante tres mutaciones repentinas y sucesivas.

Con el paso del tiempo, el litoral de la India situado al suroeste de las montañas se sumergió progresivamente, y la vida de esta región quedó completamente aislada. Fue en esta zona, por aquel entonces casi paradisiaca, y a partir de los descendientes superiores de este tipo de mamíferos lémures, donde surgieron dos grandes grupos, las tribus simias de los tiempos modernos y la especie humana actual.
El nacimiento de los dos primeros seres humanos (gemelos) se produjo exactamente hace 993.497 años (al año 2012). después de casi novecientas generaciones de desarrollo, que abarcaron cerca de veintiún mil años desde la aparición de los mamíferos precursores.

Estos acontecimientos se produjeron durante la época del tercer glaciar, el primero según el cálculo de los geólogos. Los dos primeros glaciares fueron poco extensos en Europa septentrional.

Estas dos criaturas extraordinarias eran unos seres verdaderamente humanos. Estos primeros seres humanos (y sus descendientes) alcanzaban la plena madurez a los doce años y la duración potencial de su vida era de unos setenta y cinco años.

Cuando tenían unos nueve años de edad, se alejaron un claro día río abajo y mantuvieron una conversación de gran importancia. Todas las inteligencias celestiales estacionadas en Urantia (nombre de la Tierra), incluido yo mismo, estaban presentes y observaban el desarrollo de esta cita al mediodía. Este día memorable llegaron al acuerdo de vivir el uno con el otro y el uno para el otro, y éste fue el primero de una serie de compromisos que culminaron finalmente en la decisión de huir de sus compañeros animales inferiores, y de partir hacia el norte, sin saber que de esta manera iban a fundar la raza humana.

Nosotros, los Portadores de Vida que estábamos en Urantia, habíamos pasado por la larga vigilia de una espera vigilante desde el día en que plantamos por primera vez el plasma de vida en las aguas del planeta, y la aparición de los primeros seres realmente inteligentes y volitivos nos causó naturalmente una gran alegría y una satisfacción suprema.

Estábamos a las puertas de hacer realidad nuestro prolongado esfuerzo por producir mediante la evolución unas criaturas volitivas en Urantia.

Este mundo era una estación experimental de vida. Al tercer día de la fuga de los gemelos, y antes de que partiera el cuerpo de los Portadores de Vida, llegó el arcángel de Nebadon que estaba encargado de establecer los circuitos planetarios iniciales.

Llegaron los saludos, por este nuevo circuito, de los Altísimos de Edentia, que contenían instrucciones para los Portadores de Vida residentes, prohibiéndonos interferir en el modelo de vida que habíamos establecido. Se nos ordenó que no interviniéramos en los asuntos del progreso humano.

Pero hasta ese momento se nos había permitido manipular el entorno y proteger el plasma vital de una manera especial.

Apenas habían dejado de hablar los Altísimos cuando el hermoso mensaje de Lucifer, entonces soberano del sistema de Satania, empezó a escucharse en el planeta. Los Portadores de Vida escucharon las palabras de bienvenida de su propio jefe y recibieron su permiso para regresar a Jerusem. Este mensaje de Lucifer contenía la aceptación oficial del trabajo de los Portadores de Vida en Urantia, y nos absolvía de toda crítica futura contra cualquiera de nuestros esfuerzos por mejorar los modelos de vida de Nebadon, tal como estaban establecidos en el sistema de Satania.

Estos mensajes de Salvington, Edentia y Jerusem señalaron oficialmente el final de la supervisión secular del planeta por los Portadores de Vida. Habíamos estado de servicio durante épocas enteras, asistidos solamente por los siete espíritus ayudantes de la mente y los Controladores Físicos Maestros. Y ahora que la voluntad, la facultad para elegir la adoración y la ascensión, había aparecido en las criaturas evolutivas del planeta, comprendimos que nuestro trabajo había terminado, y nuestro grupo se preparó para partir.

Hace exactamente 993.486 años (al año 2012) que Urantia fue reconocida oficialmente como planeta para la habitación humana en el universo de Nebadon. La evolución biológica había logrado una vez más los niveles humanos de dignidad volitiva; el hombre había aparecido en el planeta 606 de Satania.
«La mente humana ha aparecido en el 606 de Satania, y los padres de esta nueva raza se llamarán Andón y Fonta. Todos los arcángeles ruegan para que estas criaturas puedan ser dotadas rápidamente con la presencia personal del don del espíritu del Padre Universal.»
Andón es el nombre que significa «la primera criatura semejante al Padre que muestra una sed humana de perfección». Fonta significa «la primera criatura semejante al Hijo que muestra una sed humana de perfección». Durante toda su estancia como mortales en Urantia se llamaron el uno al otro Sonta-an y Sonta-en; Sonta-an significaba «amado por la madre» y Sonta-en «amado por el padre». Estos nombres se los pusieron ellos mismos y su significado expresa muy bien la consideración y el afecto mutuo que se tenían.

Andón y Fonta fueron en muchos aspectos la pareja de seres humanos más extraordinaria que jamás ha vivido sobre la faz de la Tierra. Estos dos seres maravillosos, los verdaderos padres de toda la humanidad, fueron superiores en todos los sentidos a muchos de sus descendientes inmediatos, y radicalmente diferentes a todos sus antepasados tanto cercanos como lejanos.

Habían transcurrido casi dos años, desde la noche en que los gemelos partieron de su hogar, cuando nació su primer hijo. Le llamaron Sontad. La raza humana había empezado, y con esta nueva evolución apareció el instinto de cuidar adecuadamente a los niños cada vez más frágiles, un instinto que caracterizaría el desarrollo progresivo de la mente de tipo intelectual, en contraste con el tipo simplemente animal.

Andón y Fonta tuvieron en total diecinueve hijos, y vivieron para disfrutar de la compañía de casi cincuenta nietos y media docena de biznietos. La familia residía en cuatro refugios rocosos contiguos, o semicavernas, de las cuales tres se comunicaban mediante galerías que habían sido excavadas en la caliza blanda con herramientas de sílex inventadas por los hijos de Andón.

Andón y Fonta trabajaron sin cesar para alimentar y edificar su clan. Vivieron hasta la edad de cuarenta y dos años, y los dos murieron durante un terremoto a causa de la caída de una roca en voladizo. Cinco hijos suyos y once nietos perecieron con ellos, y casi veinte de sus descendientes sufrieron heridas graves.

A la muerte de sus padres, Sontad, a pesar de un pie gravemente herido, asumió inmediatamente la dirección del clan con la hábil ayuda de su mujer, la mayor de sus hermanas. Su primera tarea consistió en subir rodando unas piedras para sepultar adecuadamente a sus padres, hermanos, hermanas e hijos muertos.

Hace 950.000 años, los descendientes de Andón y Fonta habían emigrado muy lejos hacia el este y el oeste. En el oeste, cruzaron por Europa y llegaron hasta Francia e Inglaterra. En épocas posteriores penetraron hacia el este hasta llegar a Java, donde recientemente se han encontrado sus huesos —el llamado hombre de Java— y luego continuaron su viaje hasta Tasmania.

Los hombres primitivoslos andonitas— tenían los ojos negros y la tez morena, algo así como un cruce entre la raza amarilla y la roja.
Por el aspecto general y el color de la piel, estos primeros andonitas se parecían más a los esquimales de hoy. Fueron las primeras criaturas que emplearon la piel de los animales para protegerse del frío; no tenían mucho más pelo en el cuerpo que los humanos de hoy.

Los andonitas eran unos cazadores audaces y afortunados; a excepción de las bayas silvestres y de ciertas frutas de los árboles, se alimentaban exclusivamente de carne. Así como Andón había inventado el hacha de piedra, sus descendientes no tardaron en descubrir la lanza y el arpón, y los utilizaron de manera eficaz.

La comida era la cosa más importante en la vida de estos seres humanos primitivos, tal como lo demuestra la oración que Onagar, su gran instructor, enseñó a esta gente sencilla. Esta oración decía así:
«Oh Aliento de la Vida, danos hoy nuestro alimento de cada día, líbranos de la maldición del hielo, sálvanos de nuestros enemigos del bosque, y recíbenos con misericordia en el Gran Más Allá.»

Onagar nació hace 983.401 años (al año 2012) y vivió hasta los sesenta y nueve años de edad. La historia de las realizaciones de este maestro pensador y dirigente espiritual de los tiempos anteriores al Príncipe Planetario constituye un relato emocionante sobre la organización de estos pueblos primitivos en una verdadera sociedad. Instituyó un gobierno tribal eficaz que las generaciones sucesivas no lograron igualar en muchos milenios. Hasta la llegada del Príncipe Planetario, nunca más volvió a existir en la Tierra una civilización espiritual tan elevada. Esta gente sencilla tenía una verdadera religión, aunque fuera primitiva, pero sus descendientes en vías de degeneración la perdieron posteriormente.

Hace 850.000 años, las tribus superiores de Badonán empezaron una guerra de exterminio contra sus vecinos inferiores parecidos a los animales. Esta campaña para exterminar a los seres inferiores provocó un ligero mejoramiento de las tribus montañesas de aquella época. Los descendientes mezclados de este linaje badonita mejorado aparecieron en escena como un pueblo aparentemente nuevo, la raza de Neandertal.

Los hombres de Neandertal eran excelentes luchadores y viajaron enormemente. Partiendo de las tierras altas del noroeste de la India, se diseminaron gradualmente hasta Francia en el oeste, China en el este, y descendieron incluso hasta el norte de África. Dominaron el mundo durante casi medio millón de años, hasta la época de la emigración de las razas evolutivas de color.

Un acontecimiento nuevo y extraño se produjo entonces entre estos badonitas de las tierras altas. Un hombre y una mujer que vivían en la parte nordeste de la región de las tierras altas entonces habitadas, empezaron a producir repentinamente una familia de hijos excepcionalmente inteligentes. Fue la familia sangik, los antepasados de las seis razas de color de Urantia.

Estos hijos sangiks, diecinueve en total, no sólo eran más inteligentes que sus semejantes, sino que su piel manifestaba una tendencia sin igual a ponerse de colores diferentes cuando permanecía expuesta a la luz del Sol. De estos diecinueve hijos, cinco eran rojos, dos anaranjados, cuatro amarillos, dos verdes, cuatro azules y dos índigos. Estos colores se volvieron más pronunciados a medida que los niños crecieron, y cuando estos jóvenes se casaron más tarde con otros miembros de su tribu, todos sus descendientes tendieron a coger el color de la piel de su progenitor sangik.

Interrumpo ahora esta narración cronológica, después de llamar vuestra atención sobre la llegada del Príncipe Planetario alrededor de esta época, para examinar por separado las seis razas sangiks de Urantia.

En un planeta evolutivo medio, las seis razas evolutivas de color aparecen de una en una; el hombre rojo es el primero que evoluciona, y vaga por el mundo durante épocas enteras antes de que aparezcan las siguientes razas de color. La aparición simultánea de las seis razas en Urantia, y dentro de una sola familia, fue totalmente excepcional.

La temprana aparición de los andonitas en Urantia fue también algo nuevo en Satania. En ningún otro mundo del sistema local se ha desarrollado una raza así de criaturas volitivas con antelación a las razas evolutivas de color.

La raza verde se fraccionó en tres divisiones mayores: Las tribus del norte fueron vencidas, esclavizadas y absorbidas por las razas amarilla y azul. El grupo oriental se amalgamó con los pueblos de la India de aquellos tiempos, y aún subsisten algunos restos entre ellos. La nación meridional penetró en África, donde destruyeron a sus primos anaranjados casi tan inferiores como ellos.

En muchos aspectos, los dos grupos (verdes y anaranjados) se enfrentaron de manera equitativa en esta lucha, puesto que cada uno poseía descendientes del tipo gigante: muchos de sus jefes medían entre dos metros cuarenta y dos metros setenta de altura. Estas familias gigantes del hombre verde estuvieron limitadas principalmente a esta nación meridional o egipcia.

Los supervivientes victoriosos de los hombres verdes fueron absorbidos posteriormente por la raza índiga, el último de los pueblos de color que se desarrolló y emigró desde el centro original de dispersión racial de los sangiks.

El hombre azul. Los hombres azules fueron un gran pueblo. Inventaron muy pronto la lanza y posteriormente elaboraron los rudimentos de muchas artes de la civilización moderna. Los descendientes adámicos los prefirieron a todas las demás razas de color que subsistieron ulteriormente.

Los primeros hombres azules fueron sensibles a las persuasiones de los instructores del estado mayor del Príncipe Caligastia, y cayeron en una gran confusión cuando estos jefes traidores desvirtuaron posteriormente sus propias enseñanzas.

Unos quinientos años después de la caída del Principe Planetario Caligastia, se produjo un renacimiento generalizado del conocimiento y de la religión de tipo primitivo — aunque no por ello menos real y beneficioso. Orlandof se convirtió en un gran instructor de la raza azul y volvió a llevar a muchas tribus a la adoración del verdadero Dios bajo el nombre de «el Jefe Supremo». Éste fue el progreso más grande del hombre azul hasta las épocas más tardías en que su raza mejoró considerablemente gracias a la mezcla con la estirpe adámica.

Las llamadas razas blancas de Urantia son los descendientes de estos hombres azules, que primero fueron modificados por una ligera mezcla con los amarillos y los rojos, y más tarde mejoraron enormemente debido a la asimilación de la mayor parte de la raza adámica violeta.
La raza índiga. Así como los hombres rojos fueron los más avanzados de todos los pueblos sangiks, los hombres negros fueron los menos progresivos. Viajaron hasta África, tomaron posesión del continente y han permanecido allí desde entonces, excepto cuando han sido sacados a la fuerza, de siglo en siglo, para convertirlos en esclavos.

Aislados en África, los pueblos índigos, al igual que los hombres rojos, recibieron poca o ninguna de la elevación racial que podrían haber obtenido de la inyección de la sangre adámica.

A pesar de su atraso, estos pueblos índigos tienen exactamente la misma posición ante los poderes celestiales que cualquier otra raza de la Tierra.

Fueron épocas de intensos combates entre las diversas razas, pero cerca de la sede central del Príncipe Planetario, los grupos más cultos y que habían sido instruidos en fechas más recientes convivieron en una armonía relativa; las razas del mundo aún no habían conseguido ninguna gran conquista cultural cuando este régimen quedó gravemente trastornado por el estallido de la rebelión de Lucifer.

Todos estos diferentes pueblos experimentaron, de vez en cuando, renacimientos culturales y espirituales. Influencias salvadoras que impidieron el hundimiento completo de la civilización cultural, sobre todo durante el largo período de oscurantismo entre la rebelión del Principe Caligastia y la llegada de Adán.

Se obtienen razas mejores y más fuertes mediante el cruce entre los diversos pueblos, cuando esas razas diferentes son portadoras de factores hereditarios superiores. Las razas de Urantia se hubieran beneficiado pronto de una fusión semejante, si un pueblo así de amalgamado hubiera podido después ser mejorado eficazmente mezclándose por completo con la raza adámica superior.

Cuando los restos relativamente puros de la raza roja abandonaron Asia, formaban once tribus y sumaban poco más de siete mil hombres, mujeres y niños. Estas tribus iban acompañadas de tres pequeños grupos de ascendencia mixta, y el más grande de ellos era una combinación de las razas anaranjada y azul. Estos tres grupos nunca fraternizaron por completo con los hombres rojos y pronto se dirigieron hacia el sur hasta Méjico y América Central, donde más tarde se unió a ellos un pequeño grupo de amarillos y rojos mezclados. Todos estos pueblos se casaron entre sí y fundaron una nueva raza amalgamada mucho menos belicosa que los hombres rojos de raza pura. En el espacio de cinco mil años, esta raza amalgamada se dividió en tres grupos, los cuales establecieron las civilizaciones respectivas de Méjico, América Central y América del Sur. La ramificación sudamericana recibió un ligero toque de la sangre de Adán.

Una raza amalgamada dotada de un potencial más bien superior ocupa las tierras altas de América del Sur. Los andonitas más puros viven en las regiones nórdicas extremas de Europa, en Islandia, Groenlandia y el nordeste de América del Norte.

La raza humana tiene casi un millón de años de edad. La primera mitad de su historia corresponde aproximadamente a los tiempos anteriores al Príncipe Planetario de Urantia. La segunda mitad de la historia de la humanidad comienza en el momento de la llegada del Príncipe Planetario y de la aparición de las seis razas de color, y corresponde más o menos al período considerado generalmente como la antigua edad de piedra.

El funcionamiento integrado de los Portadores de Vida, los controladores físicos y los espíritus ayudantes es el que condiciona el curso de la evolución orgánica en los mundos habitados. Por eso la evolución siempre es intencional y nunca accidental.

Por regla general, el príncipe aparece en un planeta aproximadamente en el momento en que se desarrolla la voluntad; si este plan se hubiera seguido, Caligastia podría haber llegado a Urantia incluso durante la vida de Andón y Fonta, en lugar de hacerlo casi quinientos mil años después, simultáneamente con la aparición de las seis razas sangiks.

Vuestro mundo es el único planeta de Satania donde el tipo humano de voluntad ha aparecido en una raza anterior a las de color.

Pero en nuestro esfuerzo por asegurar esta combinación y asociación de factores hereditarios que finalmente dieron origen a los antepasados mamíferos de la raza humana, nos enfrentamos con la necesidad de permitir que se produjeran cientos de miles de otras combinaciones y asociaciones de factores hereditarios relativamente inútiles.

Pero durante toda esta aventura biológica, nuestra mayor decepción fue el retroceso de ciertas plantas primitivas hasta los niveles preclorofílicos de las bacterias parasitarias, y que se produjera a una escala tan grande e inesperada. Esta eventualidad en la evolución de la vida de las plantas ha causado muchas enfermedades desoladoras en los mamíferos superiores, principalmente en la especie humana más vulnerable.

Caligastia, el Príncipe Planetario, llegó a Urantia hace unos quinientos mil años, coincidiendo con la aparición de las seis razas de color o razas sangiks. En el momento de llegar el Príncipe había en la Tierra cerca de quinientos millones de seres humanos primitivos, muy dispersos por Europa, Asia y África. La sede del Príncipe, que se estableció en Mesopotamia, estaba aproximadamente en el centro del mundo habitado.

Antes del reinado de Lucifer en Satania, Caligastia había estado destinado en el consejo de asesores de los Portadores de Vida en Jerusem. Lucifer ascendió a Caligastia a un puesto en su estado mayor personal, y cumplió adecuadamente cinco misiones sucesivas de honor y de confianza.

Después de haberse denegado su demanda varias veces, fue asignado finalmente a Urantia.

El Príncipe Planetario de Urantia no fue enviado solo a su misión, sino que le acompañó el cuerpo habitual de asistentes y de auxiliares en administración.

A la cabeza de este grupo se encontraba Daligastia, el asistente asociado del Príncipe Planetario.

El estado mayor planetario incluía una gran cantidad de cooperadores angélicos y una multitud de otros seres celestiales encargados de hacer progresar los intereses y de promover el bienestar de las razas humanas. Pero desde vuestro punto de vista, el grupo más interesante de todos era el de los miembros corpóreos del estado mayor del Príncipe — que a veces se mencionan como los cien de Caligastia.

Caligastia escogió a estos cien miembros de entre más de 785.000 ciudadanos ascendentes de Jerusem que se ofrecieron voluntarios para embarcarse en la aventura de Urantia. Cada uno de los cien elegidos provenía de un planeta diferente, y ninguno de ellos era de Urantia.

Estos voluntarios jerusemitas fueron traídos por transporte seráfico directamente desde la capital del sistema hasta Urantia. Después de su llegada, permanecieron enserafinados hasta que se les pudo proporcionar unas formas personales (en los cuerpos materiales de cien supervivientes seleccionados del linaje de Andón y Fonta -cincuenta hombres y cincuenta mujeres-),  unos verdaderos cuerpos de carne y hueso que también estaban adaptados a los circuitos vitales del sistema.
Aquí, a los cien sujetos humanos se les extrajo una porción del plasma vital. Este material viviente se transfirió después a los cuerpos materiales que se construyeron para los cien miembros del estado mayor del Príncipe. Mientras tanto, estos ciudadanos recién llegados de la capital del sistema permanecieron en el sueño del transporte seráfico.
Estas operaciones, así como la creación literal de unos cuerpos especiales para los cien de Caligastia. Toda la operación de la repersonalización, desde el momento de la llegada de los transportes seráficos que traían a los cien voluntarios de Jerusem, hasta que recuperaron la conciencia como seres triples del reino, duró exactamente diez días.
La sede del Príncipe Planetario estaba situada en la región del Golfo Pérsico de aquellos tiempos, en la zona correspondiente a la Mesopotamia posterior.
El clima y el paisaje de la Mesopotamia de aquellos tiempos eran favorables, en todos los aspectos. El núcleo de la colonia del Príncipe era una ciudad muy sencilla pero muy hermosa, rodeada por una muralla de doce metros de altura. A este centro mundial de cultura se le llamó Dalamatia en honor a Daligastia.
La ciudad estaba construida en diez subdivisiones, con los edificios de las sedes centrales de los diez consejos del estado mayor corpóreo situados en el centro de estas subdivisiones. En medio de la ciudad se encontraba el templo del Padre invisible. La sede administrativa del Príncipe y de sus asociados estaba repartida en doce salas agrupadas directamente alrededor del templo mismo.
Todos los edificios de Dalamatia tenían un solo piso, a excepción de las sedes de los consejos, que tenían dos pisos, y el templo central del Padre de todos, que era pequeño pero tenía tres pisos.
La ciudad se había construido con el mejor material de construcción de aquellos tiempos primitivos — el ladrillo. Se empleó muy poca piedra o madera.
Cerca de la sede del Príncipe vivían seres humanos de todos los colores y estratos sociales. Los primeros estudiantes de las escuelas del Príncipe se reclutaron entre estas tribus vecinas. Aunque estas primeras escuelas de Dalamatia eran rudimentarias, proporcionaban todo lo que se podía hacer por los hombres y las mujeres de aquella época primitiva.
El estado mayor corpóreo del Príncipe reunía continuamente a su alrededor a los individuos superiores de las tribus circundantes, y después de haber preparado e inspirado a estos estudiantes, los enviaban de vuelta como instructores y dirigentes de sus pueblos respectivos.
La tendencia de los mortales a considerar a estos maestros extraplanetarios como si fueran dioses obstaculiza gravemente su buena influencia.
Pero sin embargo, el estado mayor corpóreo era superhumano. Empezaron su misión en Urantia como unos seres extraordinarios de naturaleza triple:
1. Eran materiales y relativamente humanos, pues tenían incorporado el verdadero plasma vital de una de las razas humanas, el plasma vital andónico de Urantia.
Se les había ordenado cuidadosamente que no recurrieran a la procreación salvo en ciertas condiciones. El estado mayor corpóreo de un Príncipe Planetario tiene la costumbre de procrear a sus sucesores algún tiempo antes de retirarse del servicio planetario especial. Esto sucede habitualmente en el momento de la llegada del Adán y la Eva Planetarios, o poco tiempo después.
Estos miembros materializados del estado mayor de Caligastia tenían el color de la piel y el idioma de la raza andónica. Se alimentaban como los mortales del reino, con la diferencia de que los cuerpos recreados de este grupo se satisfacían plenamente con una dieta sin carne
2. Los cien eran seres materiales pero superhumanos, y habían sido reconstituidos en Urantia como hombres y mujeres únicos de un orden especial y elevado.
Estos jerusemitas eran seres superhumanos — tenían un alma de crecimiento ascendente. Se habían desarrollado mediante las experiencias progresivas de los siete mundos de las mansiones, hasta alcanzar el estado de ciudadanos de Jerusem.
Durante el trigésimo tercer año de su estancia en Dalamatia, mucho antes de que se terminara la muralla, el número dos y el número siete del grupo danita descubrieron por casualidad un fenómeno que acompañaba la unión (supuestamente no sexual y no material) de sus yoes morontiales, y la consecuencia de esta aventura resultó ser la primera de las criaturas intermedias primarias. Este nuevo ser era totalmente visible para el estado mayor planetario y sus asociados celestiales, pero era invisible para los hombres y las mujeres de las diversas tribus humanas. Con la autorización del Príncipe Planetario, todo el estado mayor corpóreo emprendió la procreación de seres similares, y todos lo lograron siguiendo las instrucciones de la pareja pionera danita. Así es como el estado mayor del Príncipe trajo finalmente a la existencia al cuerpo original de 50.000 intermedios primarios.
Estas criaturas de tipo intermedio prestaban un gran servicio llevando adelante los asuntos de la sede mundial. Eran invisibles para los seres humanos, pero a los residentes primitivos de Dalamatia se les enseñó la existencia de estos semiespíritus invisibles, y durante siglos constituyeron la totalidad del mundo espiritual para estos mortales en evolución.
3. Los cien de Caligastia eran personalmente inmortales, o imperecederos. Los complementos alexifármacos (Dícese. de la substancia o medicamento preservativo o correctivo de los efecto del veneno.) de las corrientes de vida del sistema circulaban por sus formas materiales, y si no hubieran perdido el contacto con los circuitos de vida a causa de la rebelión, habrían continuado viviendo indefinidamente hasta la llegada posterior de un Hijo de Dios, o hasta que hubieran sido liberados más tarde para reanudar el viaje interrumpido hacia Havona y el Paraíso.
Los complementos alexifármacos de las corrientes de vida de Satania procedían del fruto del árbol de la vida, un arbusto de Edentia que los Altísimos de Norlatiadek habían enviado a Urantia en el momento de la llegada de Caligastia. En la época de Dalamatia, este árbol crecía en el patio central del templo del Padre invisible, y el fruto del árbol de la vida es el que permitía que los seres materiales, por otra parte mortales, del estado mayor del Príncipe continuaran viviendo indefinidamente mientras tuvieran acceso a él.
Aunque no tenía ningún valor para las razas evolutivas, este superalimento era más que suficiente para conferir una vida continua a los cien de Caligastia y también a los cien andonitas modificados que estaban asociados con ellos.
Conviene explicar a este respecto que cuando los cien andonitas aportaron su plasma germinativo humano a los miembros del estado mayor del Príncipe, los Portadores de Vida introdujeron en sus cuerpos mortales el complemento de los circuitos del sistema, y esto les permitió continuar viviendo simultáneamente con el estado mayor, siglo tras siglo, desafiando a la muerte física.
A los cien andonitas se les informó finalmente acerca de su contribución a las nuevas formas de sus superiores, y estos mismos cien hijos de las tribus de Andón permanecieron en la sede como asistentes personales del estado mayor corpóreo del Príncipe.
Los cien estaban organizados para el servicio en diez consejos autónomos de diez miembros cada uno. Estos diez grupos estaban constituidos como sigue:
1. El consejo de la alimentación y el bienestar material. Ang presidía este grupo. Este cuerpo capaz fomentaba las cuestiones relacionadas con la alimentación, el agua, la ropa y el progreso material de la especie humana.
2. El consejo de la domesticación y utilización de los animales. Este consejo estaba dedicado a la tarea de seleccionar y criar a aquellos animales que estaban mejor adaptados para ayudar a los seres humanos a llevar las cargas y trasportarlos a ellos mismos, para servir de alimento, y más adelante para utilizarlos en el cultivo de la tierra. Este cuerpo competente estaba dirigido por Bon.
El grupo de Bon consiguió amaestrar a los grandes fándores como aves de pasajeros, pero éstos se extinguieron hace más de treinta mil años.
3. Los consejeros encargados de vencer a los animales de rapiña. No era suficiente que el hombre primitivo intentara domesticar a ciertos animales, sino que también tenía que aprender a protegerse de la destrucción que podía causar el resto del mundo animal hostil. Este grupo estaba capitaneado por Dan.
4. El cuerpo docente encargado de difundir y conservar el conocimiento. Este grupo organizó y dirigió los esfuerzos puramente educativos de aquellos tiempos primitivos. Estaba presidido por Fad. Fad formuló el primer alfabeto e introdujo un sistema de escritura. Este alfabeto contenía veinticinco caracteres.
5. La comisión de la industria y el comercio. Este consejo estaba encargado de fomentar la industria dentro de las tribus y de promover el intercambio comercial entre los diversos grupos pacíficos. Su director era Nod. Este cuerpo estimuló todas las formas de manufactura primitiva.
6. La escuela de la religión revelada. Este cuerpo funcionó con lentitud. La civilización de Urantia se forjó literalmente entre el yunque de la necesidad y los martillos del miedo. Sin embargo, este grupo había hecho unos progresos considerables en sus esfuerzos por sustituir el temor a las criaturas (el culto de los fantasmas) por el temor al Creador, antes de que sus trabajos se vieran interrumpidos por la confusión posterior que acompañó al levantamiento separatista. El presidente de este consejo era Hap.
Su grupo proporcionó a los dalamatianos los siete cánticos del culto y también les dio la frase de alabanza diaria; luego les enseñó finalmente «la oración del Padre», que decía:
«Padre de todos, cuyo Hijo honramos, míranos con favor. Líbranos del temor a todo, salvo a ti mismo. Haz que seamos una satisfacción para nuestros divinos maestros y pon siempre la verdad en nuestros labios. Líbranos de la violencia y de la ira; danos respeto por nuestros ancianos y por lo que pertenece a nuestro prójimo. Danos en esta época verdes pastos y rebaños abundantes para alegrarnos el corazón. Rogamos para que llegue pronto el mejorador prometido, y queremos hacer tu voluntad en este mundo al igual que otros la hacen en los mundos lejanos.»
Aunque el estado mayor del Príncipe permaneció limitado a los medios naturales y a los métodos corrientes para mejorar las razas, les ofreció la promesa del don adámico de una nueva raza como meta del crecimiento evolutivo posterior cuando se alcanzara la cúspide del desarrollo biológico.
7. Los guardianes de la salud y la vida. Este consejo estaba encargado de introducir la sanidad y de promover una higiene primitiva; estaba dirigido por Lut.
8. El consejo planetario de las artes y las ciencias. Este cuerpo contribuyó mucho a mejorar las técnicas industriales del hombre primitivo y a elevar sus conceptos de la belleza. Su director se llamaba Mek.
9. Los gobernadores de las relaciones tribales avanzadas. Éste era el grupo encargado de la tarea de elevar la sociedad humana hasta el nivel de Estado. Su jefe era Tut.
Estos dirigentes contribuyeron mucho a que se produjeran casamientos entre las diferentes tribus. Fomentaron el cortejo y el matrimonio después de haberlo pensado bien y de haber tenido amplias ocasiones para conocerse.
10. El tribunal supremo de coordinación tribal y de cooperación racial. Este consejo supremo estaba dirigido por Van y servía como tribunal de apelación para las otras nueve comisiones especiales encargadas de supervisar los asuntos humanos.
Estos seres sabios sabían que no debían emprender la transformación repentina, o la elevación en masa, de las razas primitivas de aquella época. Comprendían muy bien la lenta evolución de la especie humana, y se abstuvieron prudentemente de cualquier intento radical por modificar la manera de vivir de los hombres en la Tierra.
Cada una de las diez comisiones planetarias se dedicó a hacer avanzar, de manera lenta y natural, los intereses que se les habían confiado. Su plan consistió en atraer a las mejores inteligencias de las tribus circundantes, y después de haberlos enseñado, enviarlos de vuelta a sus pueblos respectivos como emisarios del progreso social.
Nunca se enviaron emisarios extranjeros a una raza, a menos que el pueblo en cuestión lo solicitara expresamente. Aquellos que trabajaron por la elevación y el progreso de una tribu o de una raza determinada siempre fueron nativos de esa tribu o de esa raza. Los cien no trataron de imponer a una tribu los hábitos y las costumbres de otra raza, aunque fuera superior. Siempre trabajaron pacientemente para elevar y hacer avanzar las costumbres probadas por el tiempo de cada raza.

El estado mayor corpóreo del Príncipe residía en viviendas sencillas y ejemplares, que cuidaban como hogares destinados a inspirar e impresionar favorablemente a los estudiantes observadores que residían temporalmente en el centro social y sede educativa del mundo.
Los miembros del estado mayor del Príncipe vivían en parejas como padres y madres. Es cierto que no tenían hijos propios, pero los cincuenta hogares modelo de Dalamatia nunca albergaron menos de quinientos niños adoptados, escogidos entre las familias superiores de las razas andónicas y sangiks; muchos de estos niños eran huérfanos. Se beneficiaban de la disciplina y la educación de estos superpadres, y luego, después de tres años en las escuelas del Príncipe (entraban entre los trece y los quince años), eran adecuados para el matrimonio y estaban preparados para recibir su nombramiento como emisarios del Príncipe ante las tribus necesitadas de sus razas respectivas.
Fad patrocinó el plan de enseñanza de Dalamatia, que se llevó a cabo mediante una escuela industrial en la que los alumnos aprendían a través de la práctica y se abrían camino realizando diariamente tareas útiles. Este plan educativo no pasaba por alto el lugar que ocupa el pensamiento y los sentimientos en el desarrollo del carácter, pero daba prioridad a la formación manual. La enseñanza era individual y colectiva. A los alumnos los enseñaban tanto los hombres como las mujeres, y los dos trabajando conjuntamente. La mitad de esta instrucción colectiva se impartía por sexos, y la otra mitad era enseñanza mixta. A los estudiantes se les enseñaba individualmente la destreza manual y se les reunía en grupos o clases para socializar. Se les educaba para que fraternizaran con los grupos más jóvenes, con los grupos de más edad y con los adultos, así como a trabajar en equipo con los de su misma edad. También se les familiarizaba con las asociaciones tales como los grupos familiares, los equipos de juego y las clases escolares.
Entre los últimos estudiantes que se formaron en Mesopotamia para trabajar con sus razas respectivas se encontraban los andonitas de las tierras altas de la India occidental y algunos representantes de los hombres rojos y de los hombres azules; más tarde aún también se admitió a un pequeño número de la raza amarilla.
Hap ofreció a las razas primitivas una ley moral. Este código era conocido como «el Camino del Padre» y consistía en los siete mandamientos siguientes:
1. No temerás ni servirás a ningún Dios, salvo al Padre de todos.
2. No desobedecerás al Hijo del Padre, el soberano del mundo, ni mostrarás falta de respeto por sus asociados superhumanos.
3. No mentirás cuando seas convocado ante los jueces del pueblo.
4. No matarás a hombres, mujeres o niños.
5. No robarás los bienes ni el ganado de tu prójimo.
6. No tocarás a la esposa de tu amigo.
7. No mostrarás falta de respeto por tus padres ni por los ancianos de la tribu.
Ésta fue la ley de Dalamatia durante cerca de trescientos mil años. Muchas de las piedras donde se inscribió esta ley yacen actualmente bajo las aguas a la altura de las costas de Mesopotamia y Persia.
El campo estaba muy bien colonizado en un radio de ciento sesenta kilómetros alrededor de la ciudad. En las inmediaciones de la ciudad, cientos de diplomados de las escuelas del Príncipe practicaban la ganadería o llevaban a cabo de otras maneras la enseñanza que habían recibido de su estado mayor y de sus numerosos colaboradores humanos. Unos cuantos se dedicaron a la agricultura y la horticultura.
El cultivo de la tierra es inherente al establecimiento de una civilización progresiva en los mundos evolutivos, y este mandato fue el centro de toda la enseñanza del Príncipe Planetario y de su estado mayor durante los trescientos mil años que transcurrieron entre su llegada a Urantia y los días trágicos en que Caligastia compartió su suerte con la del rebelde Lucifer.
Cuando estalló la rebelión, Dalamatia tenía una población permanente de casi seis mil habitantes. Esta cifra incluye a los estudiantes asiduos, pero no engloba a los visitantes ni a los observadores, que siempre ascendían a más de mil.

Las desgracias de Caligastia

Cuando reflexionamos sobre la larga carrera de Caligastia, sólo encontramos una característica sobresaliente en su conducta que podría haber llamado la atención: era extremadamente individualista. Nunca se había encontrado ninguna verdadera falta en él hasta el momento de su vergonzosa traición en Urantia.
Es preciso señalar que tanto a Lucifer como a Caligastia se les había informado con paciencia, y advertido con amor, acerca de sus tendencias a la crítica y del desarrollo sutil de su orgullo personal, con la correspondiente exageración del sentido de la vanidad. Pero todos estos intentos por ayudarlos habían sido malinterpretados como críticas infundadas e injerencias injustificadas en sus libertades personales.
Desde la llegada del Príncipe Caligastia, la civilización planetaria progresó de manera bastante normal durante cerca de trescientos mil años. Aparte de ser una esfera de modificación de la vida, y por tanto sujeta a numerosas irregularidades y a episodios insólitos de fluctuaciones evolutivas, Urantia progresó de forma muy satisfactoria en su carrera planetaria hasta el momento de la rebelión de Lucifer y la traición simultánea de Caligastia. Este desatino catastrófico, así como el fracaso posterior de Adán y Eva en la realización de su misión planetaria, modificaron definitivamente toda la historia ulterior del planeta.
El Príncipe de Urantia cayó en las tinieblas en el momento de la rebelión de Lucifer, precipitando así al planeta en una larga confusión. Posteriormente fue privado de su autoridad soberana mediante la acción coordinada de los gobernantes de la constelación y otras autoridades del universo. Compartió las vicisitudes inevitables del aislamiento de Urantia hasta la época de la estancia de Adán en el planeta, y contribuyó en parte al aborto del plan destinado a elevar las razas mortales mediante la inyección de la sangre vital de la nueva raza violeta — los descendientes de Adán y Eva.
La encarnación como mortal de Maquiventa Melquisedek, en la época de Abraham, redujo enormemente el poder que tenía el Príncipe caído para perturbar los asuntos humanos. Y posteriormente, durante la vida de Miguel en la carne (Jesús), este Príncipe traidor fue finalmente despojado de toda autoridad en Urantia.
Aunque la doctrina de un demonio personal en Urantia tenía algún fundamento debido a la presencia planetaria del traidor e inicuo Caligastia, sin embargo es totalmente ficticia cuando enseña que tal «demonio» puede influir en la mente humana normal en contra de su libre elección natural. Incluso antes de la donación de Miguel en Urantia, ni Caligastia ni Daligastia fueron nunca capaces de oprimir a los mortales o de coaccionar a un individuo normal a que realizara algún acto en contra de su voluntad humana. El libre albedrío del hombre es supremo en los asuntos morales; incluso el Ajustador del Pensamiento interior se niega a obligar al hombre a que tenga un solo pensamiento o realice un solo acto en contra de la elección de su propia voluntad.
Y ahora, este rebelde del reino, despojado de todo poder para perjudicar a sus antiguos súbditos, aguarda la sentencia final de los Ancianos de los Días de Uversa para todos los que participaron en la rebelión de Lucifer.
Caligastia llevaba trescientos mil años encargado de Urantia cuando Satanás, el asistente de Lucifer, hizo una de sus visitas periódicas de inspección. Cuando Satanás llegó al planeta, su aspecto no se parecía en nada a vuestras caricaturas de su infame majestad. Era, y sigue siendo, un Hijo Lanonandek de gran esplendor. «Y no os maravilléis, porque el mismo Satanás es una brillante criatura de luz.»
En el transcurso de esta inspección, Satanás informó a Caligastia acerca de la «Declaración de Libertad» que Lucifer tenía entonces la intención de hacer, y tal como sabemos ahora, el Príncipe aceptó traicionar al planeta en cuanto se anunciara la rebelión. Las personalidades leales del universo consideran con un desdén particular al Príncipe Caligastia por esta traición premeditada de la confianza. El Hijo Creador expresó este desprecio cuando dijo: «Te pareces a tu jefe Lucifer, y has perpetuado pecaminosamente su iniquidad. Fue un falsificador desde que empezó a exaltarse a sí mismo, porque no permanecía en la verdad.»
En todo el trabajo administrativo de un universo local, ningún cargo elevado se considera más sagrado que el que se confía a un Príncipe Planetario que asume la responsabilidad del bienestar y de la dirección de los mortales evolutivos de un mundo recién habitado. De todas las formas del mal, ninguna tiene un efecto más destructivo sobre la condición de la personalidad que la traición al deber y la deslealtad hacia unos amigos confiados. Al cometer este pecado deliberado, Caligastia deformó tanto su personalidad que su mente nunca más ha sido capaz de recuperar plenamente el equilibrio.
Hay muchas maneras de considerar el pecado, pero desde el punto de vista filosófico del universo, el pecado es la actitud de una personalidad que se opone deliberadamente a la realidad cósmica. El error se puede considerar como una idea falsa o una deformación de la realidad. El mal es una comprensión parcial de las realidades del universo, o una inadaptación a ellas. Pero el pecado es una resistencia intencional a la realidad divina — una elección consciente de oponerse al progreso espiritual — mientras que la iniquidad consiste en desafiar de manera abierta y persistente la realidad reconocida, y representa tal grado de desintegración de la personalidad que raya en la locura cósmica.
El error indica una falta de agudeza intelectual; el mal, una deficiencia de sabiduría; el pecado, una pobreza espiritual abyecta; pero la iniquidad indica que el control de la personalidad está desapareciendo.
Cuando el pecado se ha elegido tantas veces y se ha repetido tan a menudo, puede convertirse en un hábito. Los pecadores empedernidos pueden volverse fácilmente inicuos, convertirse en unos rebeldes incondicionales contra el universo y todas sus realidades divinas. Aunque se pueden perdonar todas las clases de pecados, dudamos que el inicuo arraigado pueda experimentar nunca una aflicción sincera por sus fechorías o aceptar el perdón de sus pecados.

El comienzo de la rebelión

Poco después de la inspección de Satanás, cuando la administración planetaria estaba en vísperas de realizar grandes cosas en Urantia, un día a mediados del invierno de los continentes septentrionales Caligastia mantuvo una larga conversación con su asociado Daligastia, después de la cual este último convocó a los diez consejos de Urantia en sesión extraordinaria. Esta asamblea se inició con la declaración de que el Príncipe Caligastia estaba a punto de proclamarse soberano absoluto de Urantia, y exigía que todos los grupos administrativos abdicaran y pusieran todas sus funciones y poderes en manos de Daligastia, designado como fideicomisario hasta que se reorganizara el gobierno planetario y se redistribuyeran posteriormente estos cargos de autoridad administrativa.
La presentación de esta asombrosa exigencia fue seguida por el llamamiento magistral de Van, presidente del consejo supremo de coordinación. Este administrador eminente y experto jurista tildó la vía que proponía Caligastia como un acto que rayaba en la rebelión planetaria, y rogó a sus compañeros que se abstuvieran de toda participación hasta que se pudiera presentar una apelación ante Lucifer, el Soberano del Sistema de Satania; y Van consiguió el apoyo de todo el estado mayor. En consecuencia, se interpuso una apelación a Jerusem y llegaron inmediatamente las órdenes designando a Caligastia como soberano supremo de Urantia y ordenando una lealtad absoluta e incondicional a sus mandatos. En respuesta a este asombroso mensaje, el noble Van contestó con su memorable discurso de siete horas en el cual acusó oficialmente a Daligastia, Caligastia y Lucifer de despreciar la soberanía del universo de Nebadon; y apeló a los Altísimos de Edentia para recibir su apoyo y su confirmación.
Entretanto, los circuitos del sistema habían sido cortados; Urantia estaba aislada. Todos los grupos de vida celestial presentes en el planeta se encontraron repentinamente aislados sin ser advertidos, totalmente privados de todo consejo y asesoramiento exterior.
Daligastia proclamó oficialmente a Caligastia «Dios de Urantia y supremo por encima de todos». Ante esta proclamación, la alternativa estaba clara, y cada grupo se retiró para empezar sus deliberaciones, unas discusiones destinadas a determinar finalmente la suerte de todas las personalidades superhumanas que estaban en el planeta.
Los serafines, los querubines y otros seres celestiales estuvieron implicados en las decisiones de esta lucha encarnizada, de este largo y pecaminoso conflicto. Muchos grupos superhumanos que se encontraban por casualidad en Urantia en el momento de ser aislada fueron retenidos aquí, y al igual que los serafines y sus asociados, se vieron obligados a elegir entre el pecado y la rectitud — entre el camino de Lucifer y la voluntad del Padre invisible.
Esta lucha continuó durante más de siete años. Las autoridades de Edentia no quisieron interferir, y no intervinieron, hasta que todas las personalidades involucradas hubieron tomado una decisión final. Fue en ese momento cuando Van y sus leales asociados recibieron la justificación y la liberación de su prolongada ansiedad y de su intolerable incertidumbre.

Los siete años decisivos

La noticia de que la rebelión había estallado en Jerusem, la capital de Satania, fue transmitida por el consejo de los Melquisedeks. Los Melquisedeks de emergencia fueron enviados inmediatamente a Jerusem, y Gabriel se ofreció voluntariamente para actuar como representante del Hijo Creador, cuya autoridad se había desafiado. El sistema fue puesto en cuarentena, quedó aislado de sus sistemas hermanos al mismo tiempo que se anunciaba el estado de rebelión en Satania. Había «guerra en el cielo», en la sede central de Satania, y esta guerra se extendió a todos los planetas del sistema local.
En Urantia, cuarenta miembros del estado mayor corpóreo de los cien (Van incluido) rehusaron unirse a la insurrección. Muchos asistentes humanos (modificados y otros) del estado mayor eran también unos valientes y nobles defensores de Miguel y del gobierno de su universo. Hubo una terrible pérdida de personalidades entre los serafines y los querubines. Cerca de la mitad de los serafines administradores y de los serafines de transición asignados al planeta se unieron a su jefe y a Daligastia apoyando la causa de Lucifer. Cuarenta mil ciento diecinueve criaturas intermedias primarias se asociaron con Caligastia, pero el resto de estos seres permaneció fiel a su deber.
El Príncipe traidor reunió a las criaturas intermedias desleales y a otros grupos de personalidades rebeldes y los organizó para que ejecutaran sus órdenes, mientras que Van congregó a los intermedios leales y a otros grupos fieles, y emprendió la gran batalla para salvar al estado mayor planetario y a las otras personalidades celestiales aisladas.
Durante todo el tiempo de esta lucha, los leales residieron en una colonia mal protegida y sin murallas situada a unos kilómetros al este de Dalamatia, pero sus viviendas estaban custodiadas de día y de noche por las criaturas intermedias leales siempre alertas y vigilantes, y tenían en su poder el inestimable árbol de la vida.
Cuando estalló la rebelión, unos querubines y serafines leales, con la ayuda de tres intermedios fieles, asumieron la custodia del árbol de la vida, y sólo permitieron que los cuarenta leales del estado mayor y sus asociados humanos modificados comieran del fruto y de las hojas de esta planta energética. Cincuenta y seis de estos asociados andonitas modificados estaban con Van, ya que dieciséis asistentes andonitas del estado mayor desleal se habían negado a seguir a sus jefes en la rebelión.
A lo largo de los siete años decisivos de la rebelión de Caligastia, Van se consagró por completo a la tarea de atender a su ejército leal de hombres, intermedios y ángeles. La perspicacia espiritual y la constancia moral que permitieron a Van conservar esta actitud inquebrantable de lealtad al gobierno del universo fueron el resultado de un pensamiento claro, un razonamiento acertado, un juicio lógico, una motivación sincera, una intención desinteresada, una lealtad inteligente, una memoria experiencial, un carácter disciplinado y la consagración incondicional de su personalidad a hacer la voluntad del Padre que está en el Paraíso.
Estos siete años de espera fueron un período de examen de conciencia y de disciplina del alma. Este tipo de crisis en los asuntos de un universo demuestran la enorme influencia de la mente como factor en la elección espiritual. La educación, la formación y la experiencia son factores que intervienen en la mayoría de las decisiones vitales de todas las criaturas morales evolutivas. Pero al espíritu interior le es totalmente posible ponerse en contacto directo con los poderes que determinan las decisiones de la personalidad humana, y facultar así a la voluntad plenamente consagrada de la criatura para que lleve a cabo unos actos asombrosos de devoción leal a la voluntad y al camino del Padre que está en el Paraíso. Y esto es precisamente lo que sucedió en la experiencia de Amadón, el asociado humano modificado de Van.
Amadón es el héroe humano más destacado de la rebelión de Lucifer. Este descendiente varón de Andón y Fonta fue uno de los cien que aportaron su plasma vital al estado mayor del Príncipe, y desde aquel acontecimiento siempre había estado vinculado a Van en calidad de asociado y asistente humano. Amadón eligió permanecer con su jefe durante toda esta lucha prolongada y difícil. Fue un espectáculo inspirador contemplar a este hijo de las razas evolutivas permanecer impasible ante las sofisterías de Daligastia, mientras que durante los siete años de la lucha, él y sus compañeros leales resistieron con una inquebrantable entereza a todas las enseñanzas engañosas del brillante Caligastia.
Caligastia, con un máximo de inteligencia y una inmensa experiencia en los asuntos del universo, se descarrió — abrazó el pecado. Amadón, con un mínimo de inteligencia y totalmente desprovisto de experiencia universal, permaneció firme al servicio del universo y leal a su asociado. Van empleó tanto la mente como el espíritu en una magnífica y eficaz combinación de resolución intelectual y de perspicacia espiritual, logrando así un nivel experiencial de desarrollo de la personalidad del tipo más elevado que se pueda conseguir. Cuando la mente y el espíritu están plenamente unidos, poseen el potencial de crear valores superhumanos, e incluso realidades morontiales.
La narración de los acontecimientos conmovedores de aquellos trágicos días sería interminable. Pero por fin la última personalidad que quedaba tomó su decisión final y entonces, sólo entonces, fue cuando llegó un Altísimo de Edentia con los Melquisedeks de emergencia para asumir la autoridad en Urantia. Los archivos panorámicos del reinado de Caligastia fueron borrados en Jerusem, y empezó la época probatoria de la rehabilitación planetaria.

Los cien de Caligastia después de la rebelión

Así pues, de los cien se salvaron cuarenta, y más tarde fueron trasladados a Jerusem, donde reanudaron su carrera hacia el Paraíso.
Los sesenta miembros del estado mayor planetario que entraron en la rebelión eligieron a Nod como jefe. Trabajaron con entusiasmo para el Príncipe rebelde, pero pronto descubrieron que estaban privados del alimento de los circuitos vitales del sistema. Se dieron cuenta del hecho de que habían sido degradados al estado de los seres mortales. Eran en verdad superhumanos, pero al mismo tiempo materiales y mortales. En un intento por acrecentar su número, Daligastia ordenó que recurrieran inmediatamente a la reproducción sexual, sabiendo muy bien que los sesenta originales y sus cuarenta y cuatro asociados andonitas modificados estaban condenados a morir tarde o temprano. Después de la caída de Dalamatia, el estado mayor desleal emigró hacia el norte y el este. Sus descendientes fueron conocidos durante mucho tiempo como los noditas y el lugar donde vivían como «la tierra de Nod».
La presencia de estos superhombres y supermujeres extraordinarios, abandonados a su suerte debido a la rebelión y que luego se unieron con los hijos y las hijas de la Tierra, dio fácilmente nacimiento a los relatos tradicionales de los dioses que descendían del cielo para casarse con los mortales. Éste fue el origen de las mil y una leyendas de naturaleza mítica, pero basadas en los hechos de los tiempos posteriores a la rebelión, que se incorporaron más adelante en los cuentos y las tradiciones folclóricas de diversos pueblos, cuyos antepasados habían participado en estos contactos con los noditas y sus descendientes.
Privados del alimento espiritual (no tenían acceso al arbol de la vida), los rebeldes del estado mayor murieron finalmente de muerte natural. Una gran parte de la idolatría posterior de las razas humanas tuvo su origen en el deseo de perpetuar la memoria de estos seres sumamente respetados de la época de Caligastia.

Los resultados inmediatos de la rebelión

Una gran confusión reinó en Dalamatia y en sus inmediaciones durante cerca de cincuenta años después de la instigación a la rebelión. La libertad fue transformada rápidamente en libertinaje por los hombres primitivos medio evolucionados de aquella época.
Poco después de la rebelión, todo el estado mayor de la sedición estaba defendiendo enérgicamente la ciudad contra las hordas de semisalvajes que asediaban sus murallas a consecuencia de las doctrinas de libertad que se les habían enseñado prematuramente. Unos años antes de que la hermosa sede se sumergiera bajo las aguas del sur, las tribus equivocadas y mal instruidas de las tierras interiores de Dalamatia ya se habían precipitado en un asalto semisalvaje sobre la espléndida ciudad, arrojando hacia el norte al estado mayor secesionista y sus asociados.
El proyecto de Caligastia de reconstruir inmediatamente la sociedad humana de acuerdo con sus ideas sobre las libertades individuales y colectivas resultó ser un fracaso inmediato y más o menos total.
Ciento sesenta y dos años después de la rebelión, una marejada barrió a Dalamatia y la sede planetaria se hundió bajo las aguas del mar; esta tierra no volvió a emerger hasta que casi todos los vestigios de la noble cultura de aquellas épocas espléndidas habían desaparecido.
Cuando la primera capital del mundo se sumergió, sólo albergaba a los tipos más inferiores de las razas sangiks de Urantia, unos renegados que ya habían convertido el templo del Padre en un santuario dedicado a Nog, el falso dios de la luz y el fuego.

Van — el inquebrantable

Los partidarios de Van se retiraron muy pronto a las tierras altas del oeste de la India, donde estuvieron a salvo de los ataques de las razas confundidas de las tierras bajas; desde este lugar apartado proyectaron la rehabilitación del mundo.
Antes de la llegada de los síndicos Melquisedeks, Van puso la administración de los asuntos humanos en las manos de diez comisiones de cuatro miembros cada una, unos grupos idénticos a los del régimen del Príncipe. Los Portadores de Vida residentes más antiguos asumieron la dirección temporal de este consejo de cuarenta miembros, que funcionó durante los siete años de espera. Unos grupos similares de amadonitas asumieron estas responsabilidades cuando los treinta y nueve miembros leales del estado mayor regresaron a Jerusem.
Estos amadonitas procedían del grupo de 144 andonitas leales al que pertenecía Amadón, y a los cuales había dado su nombre. Este grupo constaba de treinta y nueve hombres y ciento cinco mujeres. De todos ellos, cincuenta y seis tenían el estado de inmortalidad, y todos fueron trasladados (a excepción de Amadón) en compañía de los miembros leales del estado mayor. El resto de este noble grupo continuó en la Tierra hasta el final de sus días como mortales bajo la dirección de Van y Amadón. Fueron la levadura biológica que se multiplicó y continuó asegurando la dirección del mundo durante las largas épocas tenebrosas de la era posterior a la rebelión.
Van fue dejado en Urantia hasta la época de Adán, permaneciendo como jefe titular de todas las personalidades superhumanas que ejercían sus funciones en el planeta. Él y Amadón se sustentaron durante más de ciento cincuenta mil años mediante la técnica del árbol de la vida en unión con el ministerio vital especializado de los Melquisedeks.
Los asuntos de Urantia fueron administrados durante mucho tiempo por un consejo de síndicos planetarios, doce Melquisedeks confirmados por orden del gobernante decano de la constelación, el Altísimo Padre de Norlatiadek. Un consejo asesor estaba asociado con los síndicos Melquisedeks, y se componía de: uno de los asistentes leales del Príncipe caído, los dos Portadores de Vida residentes, un Hijo Trinitizado en fase de aprendizaje, un Hijo Instructor voluntario, una Brillante Estrella Vespertina de Avalon (que venía periódicamente), los jefes de los serafines y los querubines, unos consejeros procedentes de dos planetas vecinos, el director general de la vida angélica subordinada y Van, el comandante en jefe de las criaturas intermedias. Urantia fue gobernada y administrada de esta manera hasta la llegada de Adán. No es de extrañar que al valiente y leal Van se le asignara una plaza en el consejo de los síndicos planetarios que administraron durante tanto tiempo los asuntos de Urantia.
Los doce síndicos Melquisedeks de Urantia realizaron una labor heroica. Preservaron los restos de la civilización y su política planetaria fue ejecutada fielmente por Van. Cerca de mil años después de la rebelión, Van había dispersado más de trescientos cincuenta grupos avanzados por el mundo. Estos puestos avanzados de la civilización estaban compuestos en gran parte por los descendientes de los andonitas leales ligeramente mezclados con las razas sangiks, sobre todo con los hombres azules, y con los noditas.
A pesar del terrible retroceso provocado por la rebelión, había muchos buenos linajes biológicamente prometedores en la Tierra. Bajo la supervisión de los síndicos Melquisedeks, Van y Amadón continuaron la tarea de fomentar la evolución natural de la raza humana, haciendo progresar la evolución física del hombre hasta que ésta alcanzó el punto culminante que justificó el envío de un Hijo y una Hija Materiales a Urantia (Adán y Eva).
Van y Amadón permanecieron en la Tierra hasta poco después de la llegada de Adán y Eva. Algunos años más tarde fueron trasladados a Jerusem, donde Van se reunió con su Ajustador que lo esperaba. Van trabaja ahora al servicio de Urantia mientras espera la orden de continuar el larguísimo camino hacia la perfección del Paraíso y hacia el destino no revelado del Cuerpo de la Finalidad de los Mortales que está en proceso de formación.
Debemos indicar que cuando Van apeló a los Altísimos de Edentia, después de que Lucifer apoyara a Caligastia en Urantia, los Padres de la Constelación enviaron inmediatamente una resolución apoyando a Van en todos los puntos en litigio. Este veredicto no logró llegar hasta Van porque los circuitos planetarios de comunicación fueron cortados mientras se estaba transmitiendo. Hace poco tiempo que se descubrió que esta orden efectiva se encontraba alojada en un transmisor repetidor de energía, donde había quedado bloqueada desde el aislamiento de Urantia.

Las repercusiones lejanas del pecado

Las consecuencias personales (centrípetas) del rechazo voluntario y persistente de la luz por parte de una criatura, son a la vez inevitables e individuales, y sólo incumben a la Deidad y a la criatura personal en cuestión. Esta cosecha de iniquidad, que destruye el alma, es la siega interior de la criatura volitiva inicua.
Pero no sucede lo mismo con las repercusiones externas del pecado: Las consecuencias impersonales (centrífugas) por haber abrazado el pecado son a la vez inevitables y colectivas, y atañen a todas las criaturas que ejercen su actividad dentro de la zona afectada por esos acontecimientos.
Los efectos del pecado no son nunca puramente locales.
Las decisiones de la mente y la elección del alma del individuo mismo son las únicas que pueden poner en peligro la supervivencia eterna.
El pecado cometido en Urantia retrasó muy poco la evolución biológica, pero tuvo el efecto de privar a las razas mortales del beneficio completo de la herencia adámica. El pecado retrasa enormemente el desarrollo intelectual, el crecimiento moral, el progreso social y la consecución espiritual de las masas. Pero no impide que cualquier persona que escoja conocer a Dios y hacer sinceramente su voluntad divina consiga el logro espiritual más elevado.
Caligastia se rebeló, Adán y Eva incumplieron su deber, pero ningún mortal que ha nacido posteriormente en Urantia ha sufrido en su experiencia espiritual personal a consecuencia de estos desatinos. El pecado es totalmente personal en lo que se refiere a la culpabilidad moral o a las consecuencias espirituales, a pesar de sus extensas repercusiones en los ámbitos administrativos, intelectuales y sociales.
Aunque no podemos comprender la sabiduría que permite estas catástrofes, siempre podemos discernir los efectos benéficos de estos desórdenes locales a medida que se reflejan en el universo en general.

El Jardín del Edén

Los síndicos Melquisedeks coincidieron con esta opinión y aceptaron unirse enseguida a los Portadores de Vida para hacer una petición a los Altísimos de Edentia solicitándoles que Urantia fuera inspeccionada con vistas a que se autorizara el envío de los mejoradores biológicos, un Hijo y una Hija Materiales.
Poco menos de cien años después de esta inspección, Adán y Eva, un Hijo y una Hija Materiales del sistema local, llegaron y emprendieron la difícil tarea de intentar desenredar los asuntos confusos de un planeta atrasado por la rebelión y que permanecía proscrito por el aislamiento espiritual.

Los noditas y los amadonitas

Las tradiciones de Dalamatia y la cultura del Príncipe Planetario sólo perduraron entre los noditas y los amadonitas.
Los noditas eran los descendientes de los miembros rebeldes del estado mayor del Príncipe, y su nombre provenía de su primer jefe, Nod, el antiguo presidente de la comisión de la industria y el comercio de Dalamatia. Los amadonitas eran los descendientes de aquellos andonitas que escogieron permanecer leales con Van y Amadón, los amadonitas eran esencialmente andonitas.
«Nodita» es un término tanto cultural como racial, ya que los mismos noditas constituyeron la octava raza de Urantia.
Existía una enemistad tradicional entre los noditas y los amadonitas.
Poco después de la destrucción de Dalamatia, los seguidores de Nod se dividieron en tres grupos principales. El grupo central permaneció en las inmediaciones de su tierra natal, cerca de la cabecera del Golfo Pérsico. El grupo oriental emigró hacia las regiones de las tierras altas de Elam, justo al este del valle del Éufrates. El grupo occidental estaba situado en las costas sirias del nordeste del Mediterráneo y en el territorio adyacente.
Estos noditas se habían casado frecuentemente con las razas sangiks y habían dejado tras ellos una progenitura capaz. Algunos descendientes de los rebeldes dalamatianos se unieron posteriormente a Van y a sus leales seguidores en las tierras situadas al norte de Mesopotamia. Aquí, en las proximidades del Lago Van y en la región sur del Mar Caspio, los noditas se unieron y se mezclaron con los amadonitas, y fueron contados entre los «poderosos hombres de la antigüedad».
Antes de la llegada de Adán y Eva, estos grupos — los noditas y los amadonitas — eran las razas más avanzadas y cultas de la Tierra.

Los proyectos para el Jardín

Durante cerca de cien años antes de la inspección de Tabamantia, Van y sus asociados habían predicado, desde su sede de ética y de cultura mundial situada en las tierras altas, la venida de un Hijo prometido de Dios, mejorador de la raza, instructor de la verdad y digno sucesor del traidor Caligastia.
Van contó a sus asociados más allegados la historia de los Hijos Materiales de Jerusem, lo que había conocido de ellos antes de venir a Urantia. Sabía muy bien que estos Hijos Adámicos vivían siempre en hogares sencillos pero encantadores rodeados de jardines. Ochenta y tres años antes de la llegada de Adán y Eva, propuso que se dedicaran a proclamar la venida de estos Hijos Materiales y a preparar un hogar jardín para recibirlos.
Van y Amadón reclutaron un cuerpo de más de tres mil trabajadores dispuestos y entusiastas; en una asamblea solemne, se comprometieron para esta misión de preparar la llegada del Hijo prometido — o al menos esperado.
Aunque Caligastia y Daligastia habían sido despojados de una gran parte de su poder para hacer el mal, hicieron todo lo posible por impedir y obstaculizar el trabajo de preparar el Jardín.

El emplazamiento del Jardín

La comisión encargada del emplazamiento estuvo ausente durante cerca de tres años. Realizó un informe favorable sobre tres emplazamientos posibles: El primero era una isla del Golfo Pérsico; el segundo era un emplazamiento fluvial que fue ocupado más tarde por el segundo jardín; y el tercero era una península larga y estrecha — casi una isla — que sobresalía hacia el oeste desde las costas orientales del Mar Mediterráneo.
La comisión apoyó casi por unanimidad la tercera solución. Se escogió este lugar, y se tardaron dos años en trasladar la sede cultural del mundo, incluyendo el árbol de la vida, a esta península mediterránea. Todos los habitantes de la península, a excepción de un solo grupo, se marcharon pacíficamente cuando llegaron Van y sus compañeros.
Esta península mediterránea tenía un clima salubre y una temperatura uniforme; este tiempo estable se debía a las montañas que la rodeaban y al hecho de que esta zona era casi una isla en un mar interior. Llovía abundantemente en las tierras altas circundantes, pero rara vez en el propio Edén. Pero cada noche «se levantaba una niebla», procedente de la extensa red de canales artificiales de riego, que refrescaba la vegetación del Jardín.
El litoral de esta masa de tierra estaba considerablemente elevado, y el istmo que la unía al continente sólo tenía cuarenta y tres kilómetros de ancho en el punto más estrecho. El gran río que regaba el Jardín descendía de las tierras más altas de la península, corría hacia el este por el istmo peninsular hasta llegar al continente, y desde allí atravesaba las tierras bajas de Mesopotamia hasta el lejano mar. Estaba alimentado por cuatro afluentes que se originaban en las colinas costeras de la península edénica, y éstas eran las «cuatro cabeceras» del río que «salía del Edén», y que más tarde se confundieron con los brazos de los ríos que rodeaban al segundo jardín.
Las piedras preciosas y los metales abundaban en las montañas que rodeaban al Jardín, aunque les prestaron muy poca atención. La idea predominante debía ser la glorificación de la horticultura y la exaltación de la agricultura.
El lugar que se escogió para el Jardín era probablemente el paraje más hermoso de este tipo que había en el mundo entero, y el clima era entonces ideal. En ninguna otra parte había un lugar que se pudiera prestar de manera tan perfecta para convertirse en un paraíso semejante de expresión botánica. La flor y nata de la civilización de Urantia se estaba congregando en este lugar de reunión. Fuera de allí y aún más lejos, el mundo vivía en las tinieblas, la ignorancia y el salvajismo. Edén era el único punto luminoso de Urantia; era por naturaleza un sueño de belleza, y pronto se convirtió en un poema donde la gloria de los paisajes era exquisita y perfecta.

El establecimiento del Jardín

Cuando los Hijos Materiales, los mejoradores biológicos, empiezan su estancia temporal en un mundo evolutivo, su lugar de residencia se llama con frecuencia el Jardín del Edén, porque está caracterizado por la belleza floral y el esplendor botánico de Edentia, la capital de la constelación. Van había ordenado que el Edén debía ser un jardín y sólo un jardín. Nunca se mató a ningún animal dentro de su recinto. Toda la carne que comieron los trabajadores del Jardín durante todos los años que duró su construcción procedía de los rebaños que se custodiaban en el continente.
La primera tarea consistió en construir una muralla de ladrillo a través del istmo de la península. Una vez que se terminó, pudieron emprender sin estorbos el trabajo real de embellecer el paisaje y construir las viviendas.
Se creó un jardín zoológico construyendo una muralla más pequeña justo más allá de la muralla principal; el espacio intermedio, ocupado por todo tipo de bestias salvajes, servía de protección adicional contra los ataques hostiles. Esta casa de fieras estaba organizada en doce grandes divisiones, con caminos amurallados que conducían entre estos grupos hasta las doce puertas del Jardín; el río y sus pastos adyacentes ocupaban la zona central.
Sólo se emplearon trabajadores voluntarios para preparar el Jardín; nunca se contrató a ningún asalariado. Cultivaban el Jardín y cuidaban sus rebaños para poder vivir; también recibían aportaciones de alimentos de los creyentes cercanos.
Como no sabía cuánto tiempo tardarían en venir el Hijo y la Hija esperados, Van causó una gran desilusión cuando sugirió que también se adiestrara a la joven generación en el trabajo de continuar con la empresa, por si acaso se retrasaba la llegada de estos Hijos.

El hogar del Jardín

En el centro de la península edénica se encontraba el exquisito templo de piedra del Padre Universal, el santuario sagrado del Jardín. La sede administrativa se estableció en el norte; las casas para los obreros y sus familias se construyeron en el sur; en el oeste se reservó una parcela de terreno para las escuelas en proyecto del sistema educativo del Hijo esperado, mientras que al «este del Edén» se construyeron las viviendas destinadas al Hijo prometido y a su descendencia inmediata. Los planes arquitectónicos del Edén preveían viviendas y tierras abundantes para un millón de seres humanos.
En el momento de la llegada de Adán sólo se había terminado una cuarta parte del Jardín, pero ya había miles de kilómetros de canales de riego y cerca de veinte mil kilómetros de caminos y carreteras pavimentados. Había un poco más de cinco mil edificios de ladrillo en los diversos sectores, y los árboles y las plantas eran casi innumerables. Cualquier grupo de viviendas del parque no podía contener más de siete casas. Y aunque las estructuras del Jardín eran sencillas, eran muy artísticas. Las carreteras y los caminos estaban bien construidos, y el paisaje era exquisito.
Las disposiciones sanitarias del Jardín eran muy avanzadas con respecto a todo lo que se había intentado hasta entonces en Urantia. En el Edén, el agua para beber se mantenía potable gracias al estricto cumplimiento de los reglamentos sanitarios destinados a conservar su pureza.
En la época de la llegada de Adán, la mayor parte de las plantas de esta región del mundo crecían en el Edén. Muchos frutos, cereales y nueces ya habían sido mejorados notablemente. Aquí se cultivaron por primera vez muchas legumbres y cereales modernos; pero decenas de variedades de plantas nutritivas se perdieron posteriormente para el mundo.
Aproximadamente el cinco por ciento del Jardín estaba sometido a un cultivo artificial intensivo, el quince por ciento estaba parcialmente cultivado, y el resto se dejó en un estado más o menos natural hasta que llegara Adán, pues se consideraba que era mejor terminar el parque de acuerdo con sus ideas.
Así es como se preparó el Jardín del Edén para recibir al Adán prometido y a su esposa. Este Jardín habría hecho honor a un mundo que hubiera estado bajo una administración perfeccionada y un control normal. Adán y Eva quedaron muy complacidos con el diseño general del Edén, aunque hicieron muchos cambios en el mobiliario de su residencia personal.
Aunque el trabajo de embellecimiento no estaba terminado del todo en el momento de la llegada de Adán, el lugar ya era una joya de belleza botánica; y durante los primeros días de su estancia en el Edén, todo el Jardín tomó una nueva forma y asumió nuevas proporciones de belleza y de esplendor. Urantia no ha albergado nunca, ni antes ni después de esta época, una exposición de horticultura y agricultura tan hermosa y tan completa.

El árbol de la vida

En el centro del templo del Jardín, Van plantó el árbol de la vida que había guardado durante tanto tiempo, cuyas hojas servían para «curar a las naciones», y cuyos frutos lo habían sustentado durante tanto tiempo en la Tierra. Van sabía muy bien que Adán y Eva dependerían también de este regalo de Edentia para mantenerse con vida una vez que hubieran aparecido en Urantia con una forma material.
En las capitales de los sistemas, los Hijos Materiales no necesitan el árbol de la vida para subsistir. Sólo dependen de este complemento, para ser físicamente inmortales, cuando se repersonalizan en los planetas.
El «árbol del conocimiento del bien y del mal» puede ser una figura retórica, una descripción simbólica que abarca una multitud de experiencias humanas, pero el «árbol de la vida» no era un mito; era real y estuvo presente durante mucho tiempo en Urantia. Cuando los Altísimos de Edentia aprobaron el nombramiento de Caligastia como Príncipe Planetario de Urantia y el de los cien ciudadanos de Jerusem como su estado mayor administrativo, enviaron al planeta un arbusto de Edentia por medio de los Melquisedeks, y esta planta creció en Urantia hasta convertirse en el árbol de la vida. Esta forma de vida no inteligente es originaria de las esferas sede de las constelaciones y también se encuentra en los mundos sede de los universos locales y de los superuniversos, así como en las esferas de Havona, pero no en las capitales de los sistemas.
Esta superplanta almacenaba ciertas energías espaciales que servían de antídoto contra los elementos que producen la vejez en la existencia animal. El fruto del árbol de la vida se parecía a una batería de acumuladores superquímicos que, cuando se comía, liberaba misteriosamente la fuerza del universo que prolonga la vida. Esta forma de sustento era completamente ineficaz para los seres evolutivos normales de Urantia, pero sí era expresamente útil para los cien miembros materializados del estado mayor de Caligastia y para los cien andonitas modificados que habían contribuído con su plasma vital al estado mayor del Príncipe, y que habían recibido a cambio un complemento de vida que les permitía utilizar el fruto del árbol de la vida para prolongar indefinidamente su existencia que, de otra manera, hubiera sido mortal.
Durante la época del gobierno del Príncipe, el árbol crecía en la tierra del patio circular central del templo del Padre. Cuando estalló la rebelión, Van y sus asociados lo hicieron crecer de nuevo, a partir de su núcleo central, en su campamento provisional. Este arbusto de Edentia fue trasladado posteriormente a su refugio en las tierras altas, donde sirvió a Van y Amadón durante más de ciento cincuenta mil años.
Cuando Van y sus asociados prepararon el Jardín para Adán y Eva, trasplantaron el árbol de Edentia al Jardín del Edén, donde creció una vez más en el patio circular central de otro templo del Padre. Adán y Eva comían periódicamente su fruto para mantener su forma dual de vida física.
Cuando los planes del Hijo Material se desviaron del camino recto, Adán y su familia no obtuvieron la autorización de llevarse del Jardín el núcleo del árbol. Cuando los noditas invadieron el Edén, les contaron que se volverían como «dioses si comían el fruto del árbol». Para gran sorpresa suya, lo encontraron sin protección. Durante años comieron abundantemente su fruto, pero no les produjo ningún efecto; todos eran mortales materiales del reino; carecían del factor que actuaba como complemento del fruto del árbol. Su incapacidad para beneficiarse del árbol de la vida los enfureció, y durante una de sus guerras internas, tanto el templo como el árbol quedaron destruidos por el fuego; sólo permaneció de pie la muralla de piedra, hasta que posteriormente se sumergió el Jardín. Éste fue el segundo templo del Padre que se destruyó.
Y ahora, todos los seres de Urantia han de seguir el curso natural de la vida y la muerte. Adán, Eva, sus hijos y los hijos de sus hijos, así como sus asociados, todos murieron con el transcurso del tiempo, quedando así sometidos al plan de ascensión del universo local, en el que la resurrección en los mundos de las mansiones sigue a la muerte física.

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